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Opinión

La bolsa y el petróleo.

EXPANSIÓN

Jueves, 26 de Septiembre de 2002

 Robert Tornabell. Catedrático de ESADE 

Hasta ahora la relación entre los precios del petróleo y la bolsa era casi evidente y de signo opuesto. Los aumentos de precios del petróleo creaban expectativas de encarecimientos de costes, pérdidas de poder adquisitivo y, en definitiva, castigaban las cotizaciones.

Hoy las relaciones se han agudizado. El petróleo sube porque existe un clima bélico frente a Irak y la incertidumbre desanima a los inversores. Es sobradamente conocido que los empresarios invierten no tanto porque los tipos de interés reales sean bajos sino por las expectativas de la economía.

Necesitan un horizonte de estabilidad y de probable crecimiento. Una guerra sólo puede crear expectativas bajistas, con las excepciones obvias de quienes se benefician de los grandes contratos de fabricación de armas sofisticadas.

La bolsa no tiene memoria. Si es un mercado eficiente, toda la información disponible está contenida en las cotizaciones. Si existen preparativos para desatar un conflicto bélico, las acciones serán descontadas con una prima adicional de riesgo. Una especie de “prima por la guerra en ciernes”.

Pero aun a sabiendas de que la bolsa nunca se repite a sí misma y que le importa muy poco el pasado (pero no el futuro), la denominada Guerra del Golfo se produjo durante una recesión de la economía americana.

Terminó la guerra en marzo de 1991 y el índice Dow Jones no dejó de subir hasta pasar al índice próximo a 9.000, cuando Rusia se declaró en quiebra por no poder hacer frente a sus compromisos internacionales. Eso no fue obstáculo para que siguiera ya la senda de la ‘burbuja especulativa’. También es cierto que cuando la bolsa es alcista sólo descuenta las noticias positivas; las otras parecen quedar al margen. Y recíprocamente, como ocurre ahora.

Algunos sostienen que la bolsa ha perdido cualquier posibilidad de recuperación porque descuenta un escenario de escasez de petróleo, en un momento en el que Alemania y Estados Unidos necesitan estímulos para avivar la inversión en la economía real. La cuestión, desde otra perspectiva, no es tanto la posible escasez de petróleo, y los precios que pagaremos, como la confianza de quienes toman las decisiones de invertir en nuevas fábricas, nuevos edificios y en todo lo que da impulso a la economía.

La crisis del Golfo, a raíz de la invasión de Kuwait por las tropas de Sadam Husein, se produjo en agosto de 1990 y terminó en enero de 1991. Occidente tuvo un déficit de suministro de algo más de cuatro millones de barriles diarios, durante cinco meses.

La que sí fue una crisis grave de suministro fue la revolución de Irán, de noviembre de 1978 a abril de 1979. Se creó entonces la tercera crisis de la energía y durante medio año Occidente tuvo un déficit de 5,6 millones de barriles por día. Es decir, algo más de un billón de déficit acumulado.

Pero siendo las repercusiones en los precios importante, el suministro está en buena medida controlado.

Los países adscritos a la ‘Agencia Internacional de la Energía’ (IEA), que se constituyó como consecuencia de la primera crisis de la energía, tienen por obligación mantener en todo momento reservas estratégicas de petróleo y planes para coordinar sus existencias con los demás miembros. Tienen también estrategias para reducir la demanda y sustituir el petróleo por otros carburantes. En la actualidad, los países miembros tienen unas reservas globales del orden de 4.000 millones de barriles, ya sea por parte de la industria petrolera o del sector público. Eso representa, como mínimo, 114 días de las importaciones netas.

Dentro de la IEA figuran también países miembros que en realidad son exportadores netos de petróleo. Se trata de Canadá, Dinamarca, Noruega y el Reino Unido. Según la IEA, los países miembros tienen existencias suficientes para hacer frente a la mayor crisis de suministro del pasado, que se produjo desde noviembre de 1978 hasta abril de 1979, ya citada a raíz de la revolución de Irán. De otra parte, los suministros de los países de la OPEP han venido perdiendo peso, a favor de los que no pertenecen a la organización.

Para concluir, la bolsa española ha tenido que descontar todo lo imaginable.

Primero fue el desplome de la burbuja especulativa. Luego, la crisis de Argentina y las expectativas de posibles contagios en otros países con fuertes inversiones de empresas españolas. Cuando todo eso parecía descontado, y con creces, sobrevino la crisis, mucho más grave, de las manipulaciones contables de las empresas americanas cotizadas en el Nasdaq y Wall Street.

La pérdida de confianza de los inversores se acentuó cuando se descubrieron que algunos analistas daban asesoría bajo condiciones de conflicto de intereses. Y, por último, la bolsa ha vuelto a las sabias recomendaciones de Warren Buffet. Una cosa vale por lo que puede ofrecer en flujos de caja. Nadie puede imaginar el alcance de un conflicto armado. Pero, como solía decir Oscar Wilde, los males imaginarios son siempre mucho peores que los reales.

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Última modificación: miércoles, 09 de octubre de 2002 .