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La importante escalada de los precios
del petróleo que estamos viviendo en los últimos dos meses ha suscitado
el debate acerca del impacto que puede tener sobre la incipiente
recuperación económica.
El precio del crudo, que se caracteriza por su volatilidad al no estar
determinado sólo por factores de oferta y demanda porque es muy sensible
a factores exógenos de naturaleza geopolítica, tiene una relación
estrecha con el crecimiento económico mundial especialmente en los
países más desarrollados.
En este marco se han generado interrogantes sobre las consecuencias que
un posible conflicto con Irak tendría sobre la economía de Estados
Unidos y de Europa.
Los efectos económicos del encarecimiento de los precios del petróleo
se materializan en una transferencia de renta de los países más
desarrollados, que son los consumidores, a los países productores,
generalmente menos desarrollados, que se traduce en una caída del PIB
mundial por la menor propensión al gasto de estos últimos y la caída de
las importaciones de los primeros.
Según las estimaciones realizadas por el Fondo Monetario
Internacional, un incremento permanente de cinco dólares en el precio del
crudo reduce el crecimiento mundial en 0,25 puntos, aunque el efecto
variará de un país a otro en función de la dependencia del petróleo y
la intensidad de su consumo, estimándose un impacto más negativo para
los países industrializados que se cifra en 0,4 puntos sobre el
crecimiento y en 0,5 puntos sobre la inflación; además, mientras el
efecto sobre el crecimiento tiene una duración más larga (3 ó 4 años),
sobre la inflación el impacto se produce en mayor medida el primer año y
posteriormente se va diluyendo.
Cuatro efectos
Por otra parte, en los países importadores de petróleo, los más
desarrollados, se producen otros cuatro efectos por la subida del precio
del petróleo. El primero es un aumento de la inflación, que disminuye el
poder adquisitivo de las familias afectando de forma negativa al consumo
y, por consiguiente, al crecimiento y al empleo.
El segundo, que una subida coyuntural de la inflación provocada por un
alza en los precios del petróleo puede convertirse en estructural a
través de la espiral precios/salarios, que finalmente necesitaría de
políticas económicas más rígidas que terminarían afectando el
crecimiento económico.
El tercero es un impacto sobre el tejido productivo, especialmente
sobre aquellos sectores que utilizan más intensivamente el petróleo, lo
que aumenta los costes de producción y por consiguiente reduce la
competitividad y la rentabilidad del capital, que repercute negativamente
sobre la inversión privada.
Por último, un impacto sobre los mercados financieros y cambiarios, ya
que la disminución de los beneficios de las compañías se refleja en una
caída de los mercados bursátiles y, por lo tanto, en una disminución de
la riqueza financiera de las familias y en un empeoramiento del
sentimiento de los consumidores que perjudicaría la evolución del
consumo.
Como cualquier shock externo, el efecto que los shocks de precios del
petróleo tiene sobre el crecimiento dependerá de su magnitud, intensidad
y duración, entendiendo por magnitud el aumento del precio, intensidad
entendida como el tiempo transcurrido desde la subida del precio hasta
alcanzar su punto máximo, y duración como el tiempo empleado para que el
precio retorne al nivel previo al shock.
Por otra parte, la experiencia empírica ha mostrado el carácter
recurrente de este tipo de shocks: en los últimos treinta años hemos
asistido a cuatro de ellos (1973,1979,1990 y 1999), aunque su origen,
magnitud, intensidad y duración han sido diferentes.
Las anteriores escaladas de los precios han impactado negativamente en
la economía de los países más desarrollados deteriorando el crecimiento
de la producción, repercutiendo negativamente sobre la inflación y
provocando inestabilidades en los mercados financieros.
El efecto final ha dependido, además de la importancia cuantitativa
del shock y de la dependencia del petróleo en los distintos países, de
la flexibilidad de sus economías para adaptarse al nuevo entorno así
como de la estabilidad económica y el margen de maniobra de la política
fiscal y monetaria para hacer frente a la escalada de los precios del
crudo.
Sin duda, el notable crecimiento de los precios del petróleo en 1999,
que se mantiene en la actualidad, ha favorecido la caída de la
producción y las inestabilidades de los mercados financieros que estamos
viviendo en la economía mundial durante los últimos dos años, aunque ha
tenido un menor impacto que las elevaciones de precios en períodos
anteriores.
Varios han sido los factores que han amortiguado el actual shock del
petróleo, especialmente para países como España: el euro ha hecho menos
vulnerables a los países europeos ante los desequilibrios externos; el
peso de la fiscalidad sobre los hidrocarburos ha amortiguado el impacto de
la subida de las materias primas sobre el precio que pagan los
consumidores; las políticas de liberalización llevadas a cabo por los
países europeos en los mercados del gas y la electricidad han permitido
compensar el incremento de los precios del gas y del petróleo con la
reducción del precio de la electricidad (15% en la última década); y,
por último, la caída de la participación del petróleo en el consumo
total, principalmente en el sector industrial (donde la participación del
petróleo como fuente energética ha disminuido en la Unión Europea desde
el 21% en 1985 al 16% en la actualidad) mientras que el consumo de
petróleo se ha concentrado en el transporte (que en la actualidad absorbe
el 50% del total frente al 18% de hace veinte años), y el incremento de
otras fuentes de energía limita su traslación a los precios industriales
y un impacto generalizado sobre los precios.
Hubo momentos peores Hoy, las tensiones bélicas están llevando a un
alza del precio del petróleo, que se ha incrementado un 30% en los
últimos dos meses, pero hay que señalar que aún está por debajo de los
36 dólares/barril alcanzados en septiembre de 2000 e incluso por debajo
del precio existente hace apenas un año. Además, el euro, durante el
último año se ha apreciado con respecto al dólar hasta alcanzar casi la
paridad, lo que limita el efecto de crecimiento del precio del petróleo
sobre los países de la Unión Europea.
Asimismo, al tener su origen en tensiones conocidas por todos, es
esperable que el precio se relaje por debajo de los 25 dólares cuando
desaparezcan dichas tensiones, como ha puesto de manifiesto la importante
caída del precio del crudo cuando Irak ha anunciado su aceptación a la
propuesta de la ONU para el regreso sin condiciones de los inspectores.
El crudo de Irak Respecto al impacto que tendrá un posible conflicto
con Irak, debemos ser conscientes de que existe una notable dificultad
para su estimación a priori, por lo que cualquier valoración sería un
ejercicio de indudable interés intelectual pero escasa probabilidad de
acierto al depender de múltiples factores que difícilmente se pueden
estimar en la actualidad, especialmente de dos: la duración del conflicto
y el impacto que tendrá sobre el precio del petróleo.
Sin embargo, debemos ser conscientes de que la principal consecuencia
de momento es la situación actual de extrema incertidumbre sobre el
futuro, lo que se traduce en alta volatilidad y subidas de los precios del
petróleo, en inestabilidad de los mercados financieros y, por supuesto,
en un deterioro de los indicadores de confianza de los empresarios y
consumidores que están llevando a posponer decisiones de inversión y de
consumo.
Lo anterior se ha materializado en una ralentización del ritmo de
crecimiento de la economía americana en las últimas semanas, como ha
puesto de manifiesto el Libro Beige publicado recientemente por la Fed.
Sin embargo, no debemos dejarnos llevar por el pesimismo de la
situación actual que tiene un carácter marcadamente temporal. Hoy no
parece muy factible que el conflicto bélico arrastre a una nueva
recesión a la economía americana y mundial, ni que el precio del
petróleo vaya a dispararse sobre los niveles actuales, ni que se produzca
una interrupción del suministro, y sí parece razonable que una vez que
el conflicto se solucione –deseablemente de forma pacífica y lo más
rápidamente posible– se inicie como en etapas anteriores un nuevo
período de estabilidad política internacional que se refleje en unos
precios del petróleo estables en la zona baja de la banda establecida por
la OPEP, y permita un proceso de recuperación paulatina de la actividad
económica en los países industrializados, especialmente en Estados
Unidos y en Europa.
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